15 oct. 2012

En esta casa...

Mi casa es un desastre. Conmigo, la pobre, tenía bastante, pero con la llegada de las nuevas incorporaciones: mis dos canes y el duende, la palabra orden ha pasado a ser una leyenda urbana.
Yo nunca he sido ordenada, más bien todo lo contrario. Todo me gusta, todo se me antoja y al final, todo se almacena. 

Lo bueno de mi desorden es que era localizado, se limitaba a una habitación, una mesa, un armario... pero ahora no, ¡que va! Pelotas, globos, coches, peluches, triciclos, legos y juguetes de lo más surtido (entendiendo que hasta un cucharón y una centrifugadora de ensalada pueden ser los juguetes más divertidos en las manos de un niño) han colonizado todas las superficies de mi casa. No importa que que yo me dedique a recogerlos, siempre aparecen otros nuevos. Solo en la siesta puedo ganar un poco de ventaja pero a penas dura dos horas.

Lo tengo asumido y pensándolo bien ¡me encanta mi casa! Me encanta el ruido y el desorden, me encantan la cosas que se desgastan y se rompen, me encantan los roces en las paredes y todas las heridas de guerra de una casa que son las que te cuentan que se ha vivido, que esa casa se ha disfrutado. Me gusta cuando una mesa te dice que en ella se ha jugado a los coches, que se ha comido, que se ha pintado  que en ella se han reunido personas para hablar, reir, discutir y amarse. Me gusta un sofá en el que una familia se ha amontonado jugando al montón de ropa, en el que se han echado siestas conjuntas, en el que se ha comido y saltado, me gusta que una casa diga cosas de las personas que la habitan y si mi casa estuviera perfecta seguro que no diría tantas cosas.

Pronto me mudaré. Espero que los nuevos muros me hagan sentir tan feliz y me abracen como lo han hecho los de ésta: Mi preciosa casa desordenada.


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